LA PEÑA LOBERA



Aquella peña podía ser su salvación...
Arrastrando su cuerpo, avanzó hacia ella con toda la fuerza que le quedaba.No sería fácil el ascenso, era consciente de ello, pero aquella herida sangrante, la pertinaz lluvia y el cansancio acumulado durante aquellos días, harían de él una presa segura. Pero él, no estaba dispuesto a entregar su vida tan fácilmente.
Mientras luchaba contra sus ganas de rendirse, recordaba las palabras de María al despedirse : "Tomás, prométeme que tendrás cuidado...", "Te lo prometo María, volveré con esa fiera".
Nunca pensó que aquella batida de lobos, se convertiría en su propia pesadilla.

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La calma reinante en el pueblo, se veía poco a poco interrumpida por el canto de los gallos que anunciaban a los lugareños el comienzo de su jornada.
Un tenue sol iluminaba la mañana salpicada de pequeñas columnas de humo, señal inequívoca de que ya se encendían las chimeneas.
Las casas de piedra y adobe abrían sus costanas por donde transitaban tranquilamente los primeros inquilinos gatunos, algunos de vuelta de su ronda de noche.
Un olor a leña y café de malta impregnaba el aire puro y fresco de aquella mañana de abril.
Los hombres salían al campo con sus aperos de labor y sus alforjas con la merienda del mediodía.Un chusco de pan blanco, un pedazo de queso y un trozo de cecina, conformaban el sustento diario de aquellos fornidos serranos. Mientras las mujeres amasaban el pan en la tahona y lavaban la ropa en el río, los niños asistían a la escuela...el pueblo renacía .
Era aquel un día como tantos otros, nada hacía presagiar lo que ocurriría.
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Lucas el Guá, era  un hombre pequeño, era más que pequeño... era "más chico que un Guá". Así lo pensaron sus compañeros de juego cuando era niño, y así se quedó ya para siempre.
Rondaba los cuarenta años, y nunca se había casado, aunque tuvo una medio novia que se fué a servir a Coria, y que nunca volvió. No era muy listo, pero se ganaba bien la vida. Se dedicaba al pastoreo y  tenía un pequeño rebaño compuesto por unas treinta ovejas, que cada día subía y bajaba del pueblo a una cerca que tenía en la calle Molina, en  el camino del Roble.
Aquella mañana, como cada día, salió temprano con sus ovejas, y recorrió aquel camino que le llevaba a su destino, donde sus animales campaban a sus anchas, comiendo de aquí y de allá en las verdes praderas.
El sol ascendía lentamente a su cenit, derramando sus cálidos rayos más propios de un mes estival.
La mañana soleada y tranquila, invitaba a la siesta y Lucas después de dar buena cuenta a su merienda y un bochinche a su bota de vino, se tumbó a la sombra de un roble.
Un balar de ovejas le sacó de su letargo, se incorporó asustado y sin poder creer lo que veían sus ojos, dió un respingo y se incorporó de inmediato.  ¿Lobos a plena luz del día?¿Estaba soñando? La cruda realidad le golpeó fuertemente... sus ovejas asustadas corrían sin control intentando huir de aquellos feroces animales, que sin piedad atacaban a unas y otras dejando a su paso un rastro de sangre y vísceras.
Superando su miedo, se abalanzó como pudo sobre aquellas bestias dando voces y golpeando a diestro y siniestro con su cayado. Todo era en balde, aquellos animales no cejaron en su empeño. Atendiendo a su instinto de supervivencia, Lucas corrió hacia el pueblo...ya estaba todo perdido.

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Tomás Perales, más conocido por Tomas, el Farruco gracias a su arrogancia y altanería, era un guapo mozo de unos veinticinco años. Alto y de pelo moreno, la piel curtida por el aire serrano y unos brazos fuertes y fornidos, gracias a su trabajo como bracero en el campo.
Gustaba de andar por las tabernas y no era raro verle enredado en alguna trifulca nocturna; allá donde hubiera una reyerta, se encontraba sin duda el Farruco.Vino, mozas, cartas...todo era un buen motivo para la pelea. No en pocas ocasiones, le costó pasar la noche en el cuartelillo.
Vivía con su madre en la casa que ésta había heredado de sus padres, y que fué su lugar de nacimiento. Su padre, un humilde labrador, había fallecido de unas fiebres cuando él era aún un chaval de calzones cortos, por lo que de la noche a la mañana se convirtió en el hombre de la casa.
Rondaba a una muchacha del pueblo, unos años menor que él, que servía en la casa de Don Fulgencio Solis, médico de cabecera y Alcalde de la Villa .
María, era una joven aldeana, no demasiado alta ni demasiado delgada, con esa belleza peculiar de las mujeres de la época. Su pelo castaño y ondulado que recogía con un pequeño lazo de color, caía sobre sus hombros suavemente.
 Tenía unas bonitas facciones y unos ojos marrones que se iluminaban al sonreír . Unos pequeños hoyuelos en su cara  le daban un aire infantil, y eran la perdición del Farruco, que se convertía en un corderito a su merced.

Aquella tarde, como tantas otras, llegó a casa vociferando:
-Madre, madre...¡Aquí vengo de la faena!
-Tomás, hijo, vete a asear, que ya te tengo preparada la cena.
-Un beso primero, madre -dijo zalamerón , y su madre, orgullosa de aquel muchachote, le ofreció su mejilla, sin dejar la labor que tenía sobre su regazo.
En sus manos, un pequeño acerico de color teja, del que prendían decenas de alfileres de colores, que sujetaban otros tantos hilos, y terminaban en unos pequeños bolillos de madera, que la mujer manejaba con una habilidad portentosa, herencia de su madre y aprendida desde la niñez. Todos aquellos hilos trenzados, formaban una bella labor en la que se adivinaban flores y guirnaldas, que en una secuencia repetida acabarían siendo posiblemente, parte del embozo de algunas sábanas de boda.
Tomás, obediente, llenó de agua la antigua palangana de loza blanca y procedió a lavarse para la cena. Después de su aseo, se sentó a la mesa camilla, que escondía bajo sus sayas un brasero de picón que mantenía la pequeña estancia caliente. Sobre ella, las ricas viandas que su madre le había preparado, y una jarra de vino de pitarra para acompañar.
No muy bien había empezado a cenar, cuando unos golpes a la puerta le interrumpieron.
-Farruco!!Farruco!!¿No oyes las campanas de la Iglesia?
Presuroso, dejó la cena que apenas había tocado y salió a la puerta del zaguán..-¿Qué pasa?¿Qué voces son éstas, a esta horas?
-Las campanas de la Iglesia anuncian peligro..vamos a ver qué pasa.
Los hombres del pueblo, uno a uno iban saliendo de sus casas y se dirigían sin dilación hacia la iglesia, donde el sacristán, azarosamente tañía las campanas, después de haber escuchado aterrado la historia de Lucas, el Guá.
Tras los primeros momentos de confusión y opiniones de todo tipo, se decidió salir en busca de aquellos animales.

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Dos días hacía que había salido de casa, junto al grupo de hombres, que armados con todo lo que tenían a mano, se habían propuesto acabar con aquella amenaza de cuatro patas y terribles dientes, que ya por tercera vez aquel año, habían dado buena cuenta del ganado lanar del pueblo.
No era fácil dar con aquellas bestias, que raramente salían de día, pero estaban decididos a que no quedara ni una.
El primer día, no encontraron rastro de ellos y la mayoría de los hombres volvieron al pueblo. Tomás y algún otro valiente decidieron seguir la pista de aquellos animales de noche, acechando tras los riscos, escondiéndose entre la vegetación de la sierra que rodeaba al pueblo...para acabar durmiendo en un chozo de pastor en medio del campo.
Una noche valdía...y otro día, y de nuevo las batidas infructuosas...aquellos animales del demonio, estaban bien agazapados, ni rastro de ellos. 
Decidieron poner fín a la batida, mas no el Farruco que, estaba decidido a hacer honor a su apodo y se limitó a no seguir al resto.
Armado con la escopeta de caza heredada de su padre, estaba convencido de que tarde o temprano encontraría a aquellas bestias, se adentró en la sierra y esperó.
Comenzaba a llover, parecía que el cielo se confabulaba contra él...la noche se volvió más negra. Guarecido tras un roble centenario de enorme tronco y espesas ramas, fue dejando pasar las horas. La lluvia, le calaba la ropa y el ánimo..
Era ya casi noche cerrada cuando un sonido de pisadas sobre las hojas mojadas, le hizo estremecer. Despacio, casi a cámara lenta, se dio la vuelta sobre sí mismo, para encontrarse frente a una pareja de lobos que  le gruñían, amenazantes. Sin pensarlo dos veces, apuntó su escopeta hacia aquellas fieras y de un certero disparo abatió a una de ellas. No pudo esquivar el envite de la segunda que saltó sobre él y lo empujó al suelo, mientras sus dientes se clavaban en la gruesa zamarra de piel que le cubría, y llegaban a su brazo izquierdo .Aullando de dolor tanto como la propia bestia, sacó su navaja de la vaina y con la fuerza de la rabia, la hundió en el costado del animal, que soltó su presa y corrió en  la dirección de la cual provenía..

Estaba solo, herido, empapado y cansado...pero sabía que el final estaba cerca. Salió en pos de aquel animal que herido como él, había dejado de luchar ,cosa poco habitual...
Y entonces, la vió...aquella peña donde podría descansar y esperar a que amaneciera.
Tras unos minutos de ascenso agotadores, por fin llegó a la explanada que, como un saliente en la roca, conformaba un refugio natural, gracias a la espesa vegetación en forma de pérgola. Por un momento, se paró para coger aliento y entonces, pudo observar un espectáculo que le conmovió.
Allí agazapada y herida, se encontraba aquella fiera que le había atacado. Bajo ella, y enganchados a sus mamas, un par de pequeños lobeznos succionaban felices, sin saber del grave peligro que tanto ellos como su madre corrían.
El Farruco sintió como el cielo se desplomaba sobre él...recordó al Guá, recordó a sus paisanos, recordó a su madre y recordó a María...y entonces lo vio claro .
Poco a poco, con tanta precaución como en la subida, bajó de aquella peña y fue en busca del lobo abatido.
 Mañana en el pueblo, todos sabrían que, por fin, el Farruco había acabado con él, su valor no estaba en juego.
Allí arriba, en la peña, a merced de la fortuna, quedaban los que quizás serían los últimos lobos de la comarca.






Comentarios

  1. A veces me dicen que parezco forastera por que al nombrarme a gente del pueblo hay que darme muchas pistas y aún así, a veces, no consigo saber de quien se habla...Pero en tu relato veo claramente la cara de los protagonistas..¡¡Anda que los conozco¡¡ je je . Precioso Cary

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    1. ¡Claro!, Es lógico encontrarte a los descendientes de mis personajes paseando por el pueblo, por eso se parecen tanto 😉. Gracias amiga

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  2. Buen relato Caridad. Me encanta como nos trasladas en el tiempo y nos podemos imaginar perfectamente a los personajes y como vivían.
    Sigue deleitándonos con tus relatos.

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    1. Gracias Estrella, cuando entras en el mundo de las letras , estás perdido...Ya no se puede dejar. Se convierte en una droga..Y yo me he enganchado bien. Lo único que deseo es mejorar en cada relato. Ojalá sea así.

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  3. Me encanta. Es un sitio que siempre he estado curiosa de saber mas, desde que Lorenzo me dijo que era el ultimo lugar donde se vieron los lobos y lo veo todas las veces que voy al Molino. Tienes un arte de llevarnos a otro tiempo con palabras que ya casi no se usan y algunas las tengo que buscar en el diccionario :) Siempre quiero saber mas de tus personajes. Gracias.

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    1. También es un sitio querido para mi, allí corrimos alguna aventura de niños. Gracias Karina, me gusta que te guste 😊

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    1. Gracias Mayte,es una alegría encontrar gente que disfrute con mis relatos, al final es lo que me mueve. Escribir para que se lea lo escrito. Un abrazo

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  5. Estupendo Cary,cuanto has mejorado, un relato que me ha transportado a otra época. Te animo a seguir. Gracias

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    1. Gracias Vicent, me gusta saber que sigues mi evolución...Me hace exigirme y eso es crecer. Un abrazo, amigo

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