VILLADESUNÍA
El
viajero llevaba caminando varias horas cuando por fin divisó a lo lejos aquel
pueblo que se asentaba en un valle entre cerros de robles y encinas.
Tras una larga jornada caminando por
fin podría darse un baño y tomar una jarra de buena pitarra, vino artesanal
típico de la región, muy apreciado por su sabor intenso y su fuerte graduación
que ayudaba a calentar el cuerpo en los fríos días de invierno.
Aún
recordaba los enormes conos de barro que había en la bodega de su casa,
destinadas a recoger el apreciado caldo. Vino a su mente la imagen de sus
hermanas y él mismo, pisando la uva con sus pies descalzos, en lo que era casi
una fiesta familiar. Su madre y su abuela preparaban la comida para la familia
en la enorme cocina asentada en un anejo de la casa, y su padre sentado en el
asiento de corcho se divertía viéndolos patear las uvas, mientras liaba un
cigarro de picadura fina de tabaco.
Apresuró el paso todo lo que le permitieron sus piernas
cansadas y sus desvencijados zapatos. Por la suave pendiente que desembocaba en
un puente de piedra de dos ojos, atravesó un pequeño riachuelo. Adosado a
la pared de piedra de una pequeña casa, un letrero de chapa blanca con bordes
oxidados informaba al viajero, con grandes letras negras dónde se
encontraba: Villadesunía
Habían
pasado ya varios años desde que abandonara su pueblo natal y la incertidumbre
que le producía la vuelta no le restaba las ganas de ver a los suyos. Y precisamente cuando más lo necesitaba su viejo Seat 600
se había parado y le había dejado tirado en medio de la nada.
El
temor de la partida, el dolor de lo ocurrido, el desconsuelo de sus padres,
pero sobre todo la mirada de Valentina aún le laceraba el alma. Pero ya era
tiempo de rendir cuentas.
Avanzó ligero por las callejuelas que le llevarían de nuevo
a su hogar.
Se detuvo ante un portón de madera con los herrajes de hierro oxidado por el
tiempo. El postigo permanecía cerrado. Su corazón le golpeaba tan fuerte el
pecho que casi no escuchó sus propios golpes sobre la fornida puerta.
Una voz familiar respondió desde dentro y en ese momento todas las ideas que le
habían acompañado en su viaje se disiparon. Estaba en casa de nuevo.
La puerta se abrió con un ligero crujir de maderas y apareció
ante él la cara de Sofía que, tras un segundo de asombro, lanzó un gritito y se
lanzó a los brazos de su hermano. No hicieron falta palabras, las lágrimas de
uno y otro se mezclaban entre los besos y las risas nerviosas. Ya llegarían las
explicaciones después, ahora solo querían disfrutar de aquel encuentro anhelado
durante tanto tiempo.
—¿Quién es, Sofía? —preguntó una vocecita desde dentro de la casa.
Cogidos de la mano, se adentraron a la sala donde una
menuda mujer de pelo blanco hacía una labor sobre el regazo. Al ver a su hijo
no pudo reprimir sus lágrimas.
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Valentina bebía los vientos por Emilio desde aquella
primera vez en que le tiró de las trenzas en la carretera, un domingo de
Resurrección.
Se había puesto el vestido blanco de nido de abeja que le
había confeccionado su madrina para tomar la Primera Comunión, y que sólo usaba
en ocasiones especiales. Sus zapatitos de charol que ya empezaban a apretarle
los dedos y un gran lazo celeste que ataba sus trenzas le confería el aspecto
festivo que se merecía un día grande.
Después de la misa, todo el pueblo engalanado había sacado
sus Santos en procesión. Las mujeres acompañaban a la Virgen que, en esos días
llevaba el manto negro de Dolorosa. Los hombres portaban la imagen de Jesús Resucitado.
Por diferentes recorridos coincidían al fin en la Plaza del Rollo, donde las
dos imágenes se encontraban bajo el sonido estridente de las salvas que se
disparaban jubilosamente desde las esquinas de la misma. En ese ambiente de
alegría, algunas mujeres procedían al ritual de despojar a la Virgen de su
manto oscuro y cubrirla con un bello manto blanco "de Gloria". Madre
e Hijo ya juntos, volvían a la Iglesia donde descansarían hasta el próximo año,
en que volverían a procesionar por la Semana Santa.
Valentina
y sus amigas salieron de paseo como de costumbre, por la calle principal que
atravesaba el pueblo desde su entrada. Iban cogidas de la mano hablando y
riendo cuando encontraron a un grupo de "muchachones" que
tiraban piedras a un árbol, con la intención de cazar algún pájaro escondido
entre sus ramas.
Iban ataviados con calzones cortos y camisas de rayas que,
gracias a sus correrías no lucían tan limpias como cuando salieron de casa.
Sabían que era el lugar idóneo para acechar a sus presas, tanto las voladoras
como las andarinas. Aquella mañana no se habían dado bien las aves, así que
decidieron intentarlo con las muchachas...
Emilio, un muchacho agraciado y risueño, parecía el
cabecilla de aquella panda. Se acercó a ellas y les espetó:
—¡Eh, vosotras! Por aquí no se
pasa sin pagar.
Ellas retrocedieron
ligeramente al verlos acercarse. Todos se conocían desde siempre, ya que el
pueblo era pequeño y habían jugado juntos en la plaza. Sin embargo, esa era la
primera vez que se miraban con ojos adolescentes.
No recordaba muy bien como todo se complicó, pero esa
mañana al volver a casa con el lazo azul en las manos y las trenzas deshechas,
llevaba también una desazón en su interior. Un sentimiento que le acompañó
durante años, hasta el día fatídico en que ocurrió la tragedia.
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El
grupo de amigos se había juntado en la taberna del Mellao para jugar a las
cartas, como hacían tantas otras tardes de invierno. Ponían un escote para
comprar una jarra de vino y se calentaban al brasero de picón, que el Mellao los
preparaba para tal efecto.
En
la barra de madera oscura, un par de parroquianos les observaban y opinaban
sobre las jugadas.
—Los mirones a callar y sacar tabaco—les espetaba
rudamente el Nano. Victoriano, el Nano era un mocetón rudo y mal hablado.
—¡Arrastro!
—cantaba un contrincante
—El
culo por un zarzal—respondía airado el Nano. Y ya estaba el lío armado...
Era conocida la
rivalidad entre él y Emilio desde pequeños. Muchas veces hubo que separarlos de
chicos en aquellas peleas que se encontraban de pronto, sin ninguna razón
aparente.
La partida seguía entre el humo de los cigarros y las voces de los jóvenes. De
vez en cuando alguno se agachaba a mover el brasero con la badila de hierro con
forma de cuchara y las brasas repiqueteaban. Aquella tarde, sin que ellos lo
supieran aún, ocurriría un episodio que cambiaría para siempre su destino.
No eran las seis cuando una bonita muchacha, asomó por la puerta
de la taberna. María la "guapa" la llamaban en el pueblo, y realmente
hacía honor a su apodo. Era alta, morena, un poco entrada en carnes, unos
vivaces ojos negros y una sonrisa blanca enmarcada por unos labios rojos.
Como ocurría siempre, todas las miradas se dirigieron a
ella, algo que su padre el Mellao llevaba con resignación. La belleza de su
hija, heredada de la madre, era más motivo de preocupación que de orgullo para él.
—Padre,
que dice madre que acudas enseguida a la casa, que te precisa para un
asunto—dijo la mujer sin saludar
—Pues ¿qué pasa ahora?
—protestó el Mellao—¿No ve tu madre que hay gente en la taberna?
—Tranquilo padre, yo me quedo un rato en tu lugar—contestó
María
—Ten cuidado con estos—dijo señalando a los jugadores—que
si te descuidas se largan sin pagar la jarra.
Los muchachos protestaron desde la mesa.
—¡Venga ya Mellao, parece mentira!
—Vuelvo
pronto—advirtió
No bien había salido el tabernero por la puerta cuando el
Nano dejó el juego para acercarse a la muchacha.
—Hola María. Hace
mucho que no vienes por aquí. Mira que te tiene bien escondida tu padre —dijo
con una sonrisa maliciosa.
La muchacha
sintiéndose azorada, respondió atropelladamente. Conocía al Nano y sabía lo
impertinente que podía ser
—No...si yo...vengo algunas veces. Mira, tengo que
hacer por aquí dentro...
Desde la mesa, Emilio se revolvía inquieto ante la
situación, mientras los otros reían la ocurrencia de su amigo
—Vamos Nano deja en
paz a la chica. Te toca dar las cartas
—Si solo quería hablar un rato contigo, no te enfades
—se dirigió a ella sin hacer caso a Emilio.
—Tengo muchas cosas que hacer, vuelve a la mesa, anda —dijo
visiblemente molesta María.
Pero
él, no acostumbraba a hacer caso a casi nadie y menos a las mujeres.
Volvió a la carga:
—Venga
guapa, no te pongas tan orgullosa, sólo quiero hablar un rato contigo.
—Ya está bien, Nano
—ordenó desde la mesa Emilio
El acosador se dio media vuelta sobre sus pies, se
abalanzó sobre Emilio y lo agarró de la pechera.
—¿Quién te crees tú para darme órdenes a mí? —le
escupió a la cara
Ni
la jarra, ni los vasos, ni Emilio esperaban la reacción del Nano. Los primeros
rodaron estruendosamente por el suelo. Emilio se incorporó zafándose del
agresor y le lanzó un golpe a la cara que hizo perder el equilibrio al Nano.
Todos pudieron oír claramente el sonido de la cabeza del
Nano al golpearse contra el suelo. Un sonido que Emilio rememoraría una y otra
vez en sus pesadillas. Un silencio se apoderó entonces de la taberna.
El
Nano no se movía. Emilio no se movía. Nada se movía, el tiempo se quedó parado
durante unos segundos interminables.
Sólo
un sonido lejano, como un grito de mujer volvió a poner el tiempo en su sitio.
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Cada día al atardecer, un sonido de cencerros que avanzaban
lentamente se apoderaba del pueblo. Las reses que pastaban durante todo el día
en la Dehesa Boyal bajaban obedientes a la vara del pastor, hasta entrar
en sus establos para pasar la noche.
Era
un bonito espectáculo verlas desfilar a lo largo de la avenida para
posteriormente enfilar cada una de ellas su propio camino hasta llegar a su hogar,
donde las descargarían de sus pesadas ubres.
Casi
había anochecido cuando Valentina volvía de la casa de tía Tomasa con la
jarra de latón blanco que cada día rellenaba con leche recién ordeñada. Después
tendría que ponerla al fuego y dejarla hervir. La leche estaría así, lista para
la hora de la cena, cuando su madre preparara unas ricas sopas de leche con pan
calado.
Un revuelo de gente que corría
hacia la taberna del Mellao le sacó de sus pensamientos. Vio llegar a don
Arturo el médico, y la curiosidad le hizo encaminarse hacia allí. Un tapón de
gente en la puerta le impedía ver lo que ocurría. Temerosa de verter su
preciado líquido, retrocedió y se subió a un poyo de piedra situado al
lado de la puerta de la casa de enfrente de la taberna. Desde aquella situación
privilegiada vio como el cuerpo inerte de el Nano era trasladado por varios
hombres hacia la calle. Vio su cabeza vendada con un paño blanco que enrojecía
en el centro, y también vio la cara desencajada de Emilio.
—¡Nano!¡Nano! —gritó, mientras la lechera caía de sus
manos y se estrellaba estrepitosamente contra el suelo, derramando su
contenido. Corrió en pos del herido y se aferró a su mano. Estaba caliente.
Gracias a Dios, su hermano estaba con vida.
Giró la vista con odio hacia el que había
considerado el amor de su vida, justo a tiempo de ver como una pareja de
hombres con el uniforme de Guardias Civiles se abría paso entre la multitud y
apresaban a aquel muchacho que no se resistió ni protestó. Bajó la vista
al pasar a su lado y ella sintió que el mundo se hundía bajo sus pies.
…………………………
Su situación era
complicada y no podía dejar de pensar en lo sucedido. Una noche en aquella
celda del cuartelillo fue suficiente para determinar su futuro. Rezaba para que
el Nano se recuperara y explicara que todo había sido un accidente, aunque
conociéndole no las tenía todas consigo.
No se equivocaba, el Nano se recuperó del golpe, pero quedó
herido en su amor propio, y eso fue aun peor.
El incidente se solventó con unos miles de pesetas que
salieron de los ahorros de sus padres, y la marcha forzosa de Emilio, para
ganarse la vida en lugar más favorable.
No volvió a ver a Valentina
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Sabía que tarde o temprano tendría que enfrentarse a
la situación, y decidió que lo mejor era hacerlo cuanto antes. Llevaba un par
de días en su casa, días en los que había dormido en su habitación de niño que
se mantenía igual que cuando él se fue, un par de días disfrutando con su padre
de las pequeñas faenas de la huerta en las que pasaba sus tardes, y comiendo
los guisos de su niñez.
Sofía le había puesto al día de
todos los acontecimientos ocurridos durante su ausencia pero, ni una sola
palabra acerca de Valentina.
—¿Y cómo sigue el Nano? —preguntó
—Bueno, ya sabes —respondió Sofía—hay
cosas que no cambian. De todas formas no le va mal. Compro un buen trozo de
tierra y tiene lo menos treinta cabezas de ganado.
Emilio soltó una exclamación de
sorpresa, y pensó que había empleado bien el dinero que tanto trabajo les había
costado a sus padres.
—¿Y Valentina? —preguntó al fin
—Creí que no ibas a
preguntar—sonrió Sofía, levemente—Sigue viviendo en su casa.
—¿Se casó? —preguntó con temor
—No—atajó Sofía—algunos muchachos
la rondaron, pero ella les dio a todos calabazas.
No podía apartarla de su
pensamiento, por más que lo había intentado, por más mujeres que había
conocido, en su mente había quedado grabada la imagen de Valentina, y no
conseguía deshacerse de ella.
—Tengo que verla—dijo Emilio— Sofía
¿me harías un favor? ¿le llevarías una nota de mi parte?
—Emilio, sabes que haría cualquier
cosa por ti—le contestó—pero ¿tú crees que ella querrá verte?
—Bueno, eso espero…—dijo pensativo.
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Era ya casi de noche cuando la vio llegar. El cielo
raso cubierto de estrellas dejó entrever su silueta a lo lejos y Emilio sintió
que nada había cambiado en su interior. Nervioso, la dejó avanzar en silencio
hasta aquel, su escondite de niños.
La vieja fábrica de harinas a la salida del pueblo les
dejaba a salvo de ojos indiscretos.
Valentina se plantó delante de él y con la voz cargada por
la emoción del momento intentó coordinar algunas palabras que salieron
atropelladamente de su boca.
—Hola Emilio. ¿Cómo estás? Estás igual que siempre. ¿Te va
bien?
—Sí—sonrió él, y sin más palabras se abalanzó sobre ella y
la besó. Un beso largo y apasionado que no encontró resistencia.
No fue necesario hablar más. El tiempo se detuvo durante
unos minutos y volvieron a tener quince años.
Despegaron lentamente sus labios y sonrieron. Como habían
hecho siempre, se sentaron en el frío suelo sin soltarse de las manos.
—¡Te he echado tanto de menos! —dijo Emilio mirando a
aquella mujer que, a pesar de los años pasados seguía haciéndole sentir
mariposas en el estómago.
—También yo a ti—respondió ella.
—Siento mucho lo que pasó Valentina—aquellas palabras
tantas veces ensayadas sonaban ahora ridículas en sus labios —nunca quise
hacer daño a tu hermano—dijo Emilio consternado.
—Quisiera creerte Emilio, pero entre mi hermano y tú
siempre hubo rivalidad, y eso es algo conocido por todos—respondió Valentina,
cabizbaja.
—Valentina, llevo años sufriendo el peso de lo que pasó.
Éramos unos muchachos, pero aquello me hizo crecer a la fuerza. Nunca en mi
vida he pasado tanto miedo como aquel día en que creí que el Nano había
muerto—dijo Emilio—Te aseguro que si no hubiese tenido al menos la esperanza de
tu comprensión nunca hubiera vuelto por aquí.
—Necesitaré tiempo—respondió Valentina—sabes que esto no
será fácil, mi familia nunca aceptará que estemos juntos.
—Pues lo tendrán que aceptar. Yo me encargaré de ello—dijo
Emilio.
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Se levantó temprano, se aseó y desayunó un buen plato de
migas caladas con leche, que su hermana le había preparado.
Salió a la calle y se dispuso a recorrer aquellas calles
que le vieron jugar de niño, y que los años habían ido desgastando. Muchas
casas se adivinaban vacías, pero también encontró nuevas construcciones que
nada tenían que ver con la idiosincrasia de la zona, producto seguramente de
una falta de regulación urbanística, y un escaso gusto por parte de los nuevos
inquilinos.
Caras conocidas que le miraban extrañadas, niños que a esa
hora marchaban en alegre algarabía hacia la escuela, vecinas barriendo las
puertas de sus casas y que le observaban al pasar.
—Buenos días —saludaba ufano
—Ale
—Venga
—Con Dios—respondían volviendo de nuevo a sus faenas.
Pasó por la Plaza del Rollo y le pareció más pequeña que
cuando se fue. Aún así, seguía siendo una plaza hermosa, rodeada de grandes
casas señoriales de fachadas blancas y balcones. El empedrado del suelo
convergía en un punto central, rematado por la picota de granito que se erguía
impertérrita al paso de los años.
La atravesó de oeste a este y tomó un camino que le sacó
del pueblo.
Se iba parando en las rústicas paredes de piedra que
rodeaban a las pequeñas hazas de tierra para observar las huertas, donde sus
vecinos plantaban sus productos. Lechugas, patatas, garbanzos, tomates y todo
tipo de ricos frutos de la tierra.
Llevaba la esperanza de encontrar al Nano en su finca de
vacas y hacia allí se dirigía.
Atravesó el pinar con paso decidido y llegó a la antigua
cantera de piedra, desde donde divisó la figura del Nano.
Ataviado con un mono de trabajo y unas botas katiuskas a la
usanza de los hombres de campo, remataba su indumentaria con un sombrero de ala
ancha, que a Emilio se le antojó inapropiado y presuntuoso. Aún desde lo lejos
le oyó acuciar al ganado que pastaba tranquilamente, ajeno a las voces de su
dueño.
Emilio llegó a la finca y retiró la puerta de troncos de
madera. No se atrevió a entrar sin avisar de su presencia y con un agudo
silbido llamó la atención del Nano, que vaciló levemente, lanzó un improperio y
se dirigió hacia él.
—¿Qué te parece? Mi buen amigo Emilio viene a
visitarme—dijo Nano con sorna
—¿Qué pasa Nano? ¿Cómo te va? —le respondió Emilio, sin
hacer caso a su ironía
—Pues teniendo en cuenta que podía estar en el “huerto de
los callaos” ...no estoy mal del todo—le contestó desafiante—¿Qué haces en mis
tierras?
—He vuelto al pueblo hace unos días y quería verte—dijo
Emilio volviendo a ignorar la provocación.
—Tú y yo tenemos todo hablado —el odio se reflejaba su voz —Vete
por donde has venido.
—¿Y si te digo que he venido a por Valentina? —le espetó
sin pensar
Nano, le miró primero con asombro y rompió a reír con una
carcajada exagerada.
—¿Ni loco! Quítate a Valentina de la cabeza o te la quitaré
yo a golpes
—No he venido a pedirte permiso, sólo quiero informarte
para que no te coja de sorpresa.
Emilio se dio media vuelta y dejó a Nano vociferando a
su espalda
—Ni se te ocurra acercarte a ella... ¿me oyes?
Salió en
dirección al pueblo pensando en que no sería tan fácil arreglar aquello.
Casi sin darse cuenta, sus pies le llevaron al lugar
donde empezaron sus desdichas.
El tiempo se había detenido en la Taberna del Mellao, las
mismas mesas de madera, la vieja barra oscurecida por el trasiego de cada día,
el mismo suelo de baldosas grises y negras, el ambiente cargado de humo de
tabaco y el olor a picón del brasero. Nada había cambiado, excepto el Mellao
que llevaba sobre sí la carga de años de trabajo en la taberna y lo reflejaba
en sus sienes blancas y las arrugas de sus ojos.
—Emilio—le gritó abrazándole a su llegada—Qué alegría verte
de nuevo, muchacho. Bueno...ya no tan muchacho
—¿Qué tal te va Mellao??—respondió Emilio, correspondiendo
a su abrazo.
Los viejos parroquianos le saludaron con afabilidad y
por un momento olvidó el episodio vivido con el Nano y se alegró de haber
vuelto.
—Ponme un chato por los viejos tiempos—le dijo al tiempo
que descubría a María, que desde la cocina le saludaba. Con un movimiento de
cabeza correspondió a su saludo.
Por su cabeza volvieron a pasar las escenas de aquel día, y
se dijo a si mismo que había hecho lo que debía y en la misma situación
volvería a reacciona igual, aun conociendo las consecuencias.
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Estaba ya anocheciendo cuando sonaron unos golpes a la
puerta. Sorprendido soltó la caja de cartón que tenía entre manos y
donde miraba viejas fotos. Oyó como Sofía abría y saludaba efusivamente a
alguien y luego le llamaba.
—¡Emilio, baja! Tienes visita—dijo.
Bajó las escaleras del doblao y se encontró con el rostro
apacible y sonriente de María.
—¡Hola! Tú por aquí, María. ¿Puedo ayudarte en algo? —preguntó
devolviéndola la sonrisa.
—Hola Emilio ¿podemos hablar un momento?
—Claro, espera que me pongo la chaqueta y vamos a dar un
paseo. ¿Te parece?
Emilio se puso una vieja cazadora y salieron a la calle. La
situación le resultó extraña; María y él no habían tenido mucha relación antes
del incidente del bar, y después tampoco hubo lugar para mucho contacto.
La mujer, pues eso era ya, no perdió mucho el tiempo y fue
directa al grano.
—¿Has ido a ver al Nano a su finca? —preguntó
—Las noticias corren en este pueblo, como siempre...—le
dijo Emilio
—Sí, ya sabes...—dijo sonriendo—Pero lo que yo quiero
decirte, seguro que él no te lo ha dicho.
La miró desconcertado y esperó a que se aliviara la voz con
un pequeño carraspeo, fruto más de la situación que del frío.
—El Nano y yo somos medio novios—dijo bajando la voz
Emilio paró en seco y se volvió hacia ella.
—No me lo puedo creer María—dijo —Después de todo lo que
pasó... ¿aún te quedaron ganas de relacionarte con él?
—No me juzgues tan a la ligera—dijo—Tú te fuiste de aquí,
tú no sabes lo que es estar señalada como la mujer por la que casi muere un hombre.
La gente murmura a tus espaldas, todo el mundo te juzga como si fueras culpable
de lo que pasó. No es fácil vivir con ese estigma, los chicos no se acercan a
mí, las chicas no me quieren en sus pandillas...me convertí en una apestada.
De sus ojos brotaban las lágrimas sin que ella pudiera
controlarlas, y la voz poco a poco se le fue rasgando.
—No llores María, tranquilízate—dijo Emilio, consolador—No
pretendo juzgarte, sólo que me ha extrañado. No sé si el Nano es el hombre que
más te conviene.
—Bueno, no es muy romántico, pero tampoco es tan
"burro" como parece. Siempre me echaba ojitos, ya lo sabes, y yo
nunca le di esperanzas. Sin embargo, de un tiempo a esta parte algo cambió
entre nosotros.
—¿Tu padre lo sabe?
—Sí, y aunque al principio también le costó aceptarlo,
piensa que no es mal partido para mí. Tiene una buena finca, no me faltará de
nada...
Emilio, la miró con dulzura y en su fuero interno se
compadeció de ella.
—Por supuesto que sí, María. Serás la señora de un buen
ganadero.
María sonrió y le dio un beso en la mejilla.
—Siento mucho lo que pasó, tú pagaste un alto precio por
defenderme aquel día—dijo ella.
—Bueno, ¿Quién sabe? quizás puedas devolverme el favor.
—Si está en mi mano, cuenta con ello—respondió
Emilio sonrió de mi medio lado
—¿Crees que podrías ayudarme a entrar en la familia?
—¿¡Valentina!? —afirmó más que preguntar.
El asintió con la cabeza. María coqueta, se atusó el cabello,
compuso el gesto y preguntó
—¿Lo dudas?
—En absoluto María, no hay fuerza mayor que el poder de una
mujer con determinación.
El reloj de la torre dio las diez, era la hora de volver.
María se despidió con un cariñoso beso. Emilio volvió sobre sus pasos, en su alma llevaba la
esperanza de un nuevo futuro, al lado de la mujer a la que amaba. El amor, pensó, siempre triunfa sobre la fuerza bruta y el
odio. Y sonrió, mientras se adentraba en la paz de su hogar.
El reloj repitió la hora con sus solemnes campanadas y Villadesunía se sumió en un placentero silencio.



Buenas tardes, Caridad. Rebuscando por los "armarios" del ordenador he vuelto a encontrarme con la dirección de tu blog y acabo de leer esta historia. Enhorabuena de nuevo. Por cierto, soy el Rafa Gómez del foro "San Fernando Historia en imágenes". Si no te molesta, estaré atento a tus nuevas publicaciones; es lo que solemos hacer los que nos gusta aprender.
ResponderEliminarHola Rafa, en primer lugar perdón por la tardanza en responder. Me siento muy alagada con tus palabras. Para mí es un orgullo tener gente a la que admiro como tú, que se interesa por mis pequeñas historias. Mil gracias y por supuesto estás invitado a pasar por aquí cuando desees.
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