AMOR Y GARBANZOS



ENTRANTE

La tarde era gris y lluviosa. Las dos aceras de la gran avenida se habían plagado de paraguas de colores que avanzaban en una y otra dirección, esquivándose unos a otros como en una danza ensayada mil veces.
Habían quedado citados en una céntrica cafetería. A ella no le hacía mucha gracia hacer así las cosas, pero el trabajo de Gustavo le absorbía todo el tiempo, y ese momento del café era todo lo que se podía permitir.
Se conocían desde que salieron de la Universidad y aunque no se veían a menudo, nunca habían perdido el contacto por más años y dificultades que hubieran surgido. Lo que había entre ellos era muy especial y ninguno quería renunciar a ello.
Se sentaron en una mesita junto al gran ventanal que daba a la Gran Vía y Gustavo como de costumbre, fue derecho al grano. Es lo que tienen los hombres de negocios, pensó ella, no pueden perder mucho tiempo.
—Confío plenamente en tu discreción, Raquel—dijo él.
—Puedes estar tranquilo, ya me conoces— respondió ella.
Mientras tomaban su café humeante y charlaban animosos, no eran conscientes de que unos ojos les observaban a través del cristal. Unos ojos humedecidos y no solo por la insistente lluvia. 


 MENÚ

1º Plato

Acababan de llegar al pueblo tras hacer cincuenta kilómetros en silencio desde que salieron del hotel. 
Gustavo estaba deseoso de probar su nuevo Audi y aquel viaje era la excusa que necesitaba. Una semana los dos solos, recorriendo aquellos lugares de ensueño, era algo a lo que Elena no podría resistirse.
Se habían hospedado en León, y desde allí estaban recorriendo toda la provincia, parando en los lugares más singulares.
Cuando llegaron a aquel pequeño pueblecito de pocos habitantes, quedaron maravillados con la arquitectura del lugar. Estaban en la Comarca de la Maragatería. Sus calles empedradas, sus fachadas de piedra galoneadas de blasones, sus grandes portones de entrada hablaban al viajero de otra época. Una época de arrieros con bueyes y carretas, que viajaban por todo el noroeste peninsular para vender su mercancía.
Recorrieron sus calles cámara al cuello como dos turistas más, dejando plasmadas aquellas imágenes para recrearse posteriormente en ellas. La Iglesia de San Juan Bautista, la calle Real, el puente viejo sobre el rio Jerga, lugares emblemáticos de aquel lugar. Aprovecharon bien la mañana.
—Va siendo hora de tomar una cerveza fresquita ¿no crees? —preguntó Gustavo.
—Si, por favor—respondió Elena aliviada, estaba ya un poco sofocada de la caminata.
Sin hacer mucho caso al mapa que llevaban doblado en el bolsillo de la chaqueta, decidieron dirigirse hacia un restaurante que habían visto en su recorrido y que les había dado muy buena impresión. 
Era un bonito día de septiembre y aún apetecía tomar el aperitivo en el exterior, así que tomaron asiento en una pequeña terraza situada a la entrada del establecimiento. Habían acondicionado para tal fin, no más de cuatro mesas y algunas sillas, y eligieron una de ellas al azar.
Al momento salió a recibirles un simpático camarero que aparentaba unos cincuenta años. Era alto y moreno, con unos ojos vivaces y una sonrisa espléndida. Algo entrado en carnes, disimulaba su incipiente barriga con un delantal negro con un bolsillito, donde llevaba una carpeta y un bolígrafo.
—Buenos días. ¿Qué van a tomar? —dijo el camarero ampliando aún si cabe más su sonrisa
—Un par de cervezas bien frescas, por favor—se adelantó Gustavo
—No, un momento—rectificó Elena—yo probaré el vino de la tierra
—Buena elección, señora—respondió el camarero—Tenemos un vino blanco muy rico y fresquito.
Se dieron media vuelta él y su sonrisa, y entró en el local a por la bebida requerida.
—Vaya, siempre has de llevarme la contraria—murmuró Gustavo
—Disculpa, pero no me has preguntado. ¿Siempre has de dar por hecho que me apetece lo mismo que a ti? —respondió Elena.
—Está bien, está bien. Tengamos la fiesta en paz—cortó rápidamente Gustavo que ya barruntaba disputa.
Las cosas no estaban saliendo como había planeado, lo que se suponía debían ser unos días de apacible convivencia, estaban resultando algo convulsos. Intentaba por todos los medios ser complaciente con Elena, pero ella se mostraba distante y seria, y no conseguía adivinar por qué.
El camarero de la amplia sonrisa llegó portando con habilidad una bandeja con las bebidas. Sirvió primero la cerveza, y a continuación dio a probar el vino a Elena que asintió satisfecha.
—Les dejo una pequeña muestra de nuestra cocina por si les apetece comer después—dijo el camarero dejando un platillo con dos porciones de crujiente de morcilla.
—Muchas gracias, tiene un aspecto delicioso—dijo Gustavo, agradecido.
Elena se llevó el bocado a la boca y el crujiente de morcilla, como su nombre indica crujió entre sus dientes y el sabor de la rica morcilla negra de León le supo a gloria.
—Si quieres podemos comer aquí mismo—dijo Gustavo.
Elena asintió, y se llevó su copa de vino a la boca. No tenía demasiadas ganas de hablar, sabía que tarde o temprano tendría que tratar el "tema", y estaba dilatando el tiempo el máximo posible.
Sentada en aquella terraza al sol, tomando aquel delicioso aperitivo, observaba a Gustavo que ausente respondía algún mensaje en su teléfono móvil. No era un hombre excesivamente guapo. Nunca le habían atraído los hombres guapos. Siempre bromeaba diciendo que no quería competir en belleza con nadie. Sin embargo, había caído rendida ante aquel hombre de conversación fluida e inteligente.
Y ahora… el fantasma de la desconfianza se había apoderado de su historia de amor, y todo se había torcido.
Terminaron su aperitivo y decidieron entrar a comer. El restaurante, como era de esperar estaba ambientado con los elementos y materiales propios del lugar. Las paredes de piedra y pizarra se alternaban con otras de estilo más moderno, haciendo un bonito contraste. 
A través de una antigua puerta de medio punto, entraron a una estancia iluminada por grandes ventanales de madera, adornadas con laboriosas rejas de forja. El techo abovedado era atravesado por pesadas vigas de roble de donde colgaban unas originales lámparas formadas por faroles de estilo vintage.
En la pared frontal un aparador antiguo lleno de platos, fuentes y copas destacaba sobre todo lo demás. Diferentes muestras de mesas, todas ellas cubiertas con bonitos manteles de colores, y sus correspondientes cuberterías esperaban a los comensales, que ya iban accediendo al lugar.
 —¿Les gusta ésta? —preguntó el camarero, señalando a una mesa que estaba dispuesta para dos comensales en uno de los rincones del comedor, justo al lado de una antigua tinaja de barro.
—Ésta está muy bien, gracias—dijo Gustavo
     

  2º Plato

Gustavo caballeroso, le retiró la silla a Elena, que le brindó una ligera sonrisa. Sin embargo, sus ojos no sonreían como solían hacerlo. Aquellos ojos de un castaño casi verdoso parecían hoy más oscuros que nunca. 
Gustavo se sentó enfrente suyo y retiró ligeramente el pequeño violetero que adornaba la mesa y se interponía entre ellos.
El camarero se aproximó a ellos y les ofreció sendas cartas con el logotipo impreso del restaurante. 
—Si me permiten, les recomiendo que prueben nuestro plato estrella: El cocido maragato
—¿Cocido? —preguntó sorprendida Elena
—Si señora, pero un cocido muy especial de la zona—dijo el camarero sonriente—Si nunca lo han comido, les sorprenderá su sabor y su especial forma de comerlo.
—No sé, cocido...—se resistió Elena
—¡Venga, cocido maragato, no se hable más! —dijo Gustavo, animoso—"...Allá donde fueras, haz lo que vieras..."
—De acuerdo, cocido—dijo Elena conformista.
—No se preocupe señora—dijo el camarero—si no está a su gusto puede cambiarlo por lo que le apetezca.
—Y para beber, tráiganos el mejor tinto de la carta, por favor—dijo Gustavo.
El camarero asintió servicial y se retiró hacia la cocina para pedir la comanda.
Gustavo adelantó las manos sobre la mesa buscando las de ella.
—¿Qué te parece el sitio? Es bonito ¿no te parece? —preguntó cariñoso
—Sí, muy bonito—respondió Elena
—¿Puedo saber qué te pasa? Llevas unos días muy rara y no sé por qué—preguntó Gustavo
—Me pasa que, creo que no teníamos que haber hecho este viaje—dijo Elena
—Cielo, siempre te quejas de que no tenemos tiempo para nosotros, este viaje es para resarcirte de todos los momentos que nos roba el trabajo—dijo Gustavo
—Si sólo fuera el trabajo...—contestó Elena
—¿Qué quieres decir? —dijo sorprendido Gustavo.
El camarero sonriente llegó con una botella de La Bienquerida 2013, un Crianza D.O. Bierzo a base de uva mencía, y en la otra mano un bonito decantador de cristal.
Descorchó la botella con solemnidad y sirvió un poco de vino en la copa a Gustavo. Como si de una patena se tratara, limpió el cuello de la botella y esperó a que probara el prestigioso tinto.
 Gustavo, como un experto catador movió la copa meciéndola en suaves círculos. Tras unos segundos aspiró el aroma del vino y le llegó a la nariz un bouquet de frutas frescas, hierba y regaliz. A continuación, dio un ligero sorbo y un sabor limpio y aterciopelado le dejó un regusto largo y potente. 
—Está perfecto, gracias—dijo al camarero que esperaba paciente su veredicto.
Vertió el contenido de la botella en el decantador y mandó aproximarse a una muchacha de no más de veinte años que, venía cargada con una olorosa fuente de carne. La depositó sobre la mesa con cuidado y volvió a la cocina.
—El cocido maragato comienza siempre con la cecina—dijo el camarero—. Los antiguos arrieros recorrían los caminos cargados con carnes curadas en sus tarteras y cuando paraban a comer en las fondas, se comían primero sus viandas para después tomar algo caliente. Así ha llegado a nuestros días la costumbre de comer el cocido empezando por las carnes—repitió el mantra mil veces recitado y se retiró dejando a los comensales con cara de asombro.
La fuente de barro ovalada contenía todo tipo de suculentas carnes: morcillo de ternera, lacón, chorizo, tocino, costilla adobada, oreja, manitas de cerdo y tocino ibérico. Todo un festín de sabor que se había cocinado a fuego lento durante varias horas. Entre las carnes, unas pequeñas albóndigas rellenas de carnes desmenuzadas y mezcladas con miga de pan, huevo, ajo y perejil, que habían sido fritas e introducidas a posteriori en el caldo del cocido.
Elena, se sirvió una pequeña ración en su plato y un par de albóndigas.
—¿Me vas a decir a qué te refieres con esa insinuación? —dijo Gustavo sirviéndose otra ración en su plato, ésta más generosa.
—No Gustavo, eres tú el que debe pensar si hay algo que debas contarme—respondió Elena
—Pues... ¡por supuesto que no! No hay secretos entre nosotros—dijo Gustavo, saboreando un delicioso bocado.
No bien habían empezado a comer cuando volvió la muchacha con otra fuente de garbanzos y verduras cocidas, y la acomodó en la pequeña mesa. Unos pequeños y sabrosos garbanzos de la variedad Pico pardal, típicos de la zona que son ingrediente imprescindible del cocido maragato, junto a una buena ración de repollo y patatas.
Elena estaba teniendo dificultades para concentrarse en la conversación ante aquel desfile de platos.
—Gustavo, hace unos días te vi muy cariñoso con otra mujer en una cafetería del centro de Madrid —le soltó sin pensar.
El semblante de Gustavo se ensombreció y con una parsimonia premeditada, se limpió a la blanca servilleta y dio un trago de vino.
—¿Acaso me espías? —le preguntó
—Venía de hacer unas compras y empezó a llover, me refugié en unos soportales y os vi a través de la ventana—respondió Elena, luchando por mantenerse serena.
Él miró a un lado y a otro, se pasó la mano por la barbilla con un gesto de incredulidad y fastidio.
—Elena, esa mujer es mi amiga Raquel, nos conocemos desde la Universidad—le recriminó
—Y, ¿Por qué no la conozco? ¿Por qué no me has hablado de ella antes? —le preguntó
—Iba a hacerlo, pero no en este momento—respondió Gustavo—vamos a terminar de comer y prometo hablarte de ella después.
Elena comió un poco más, con desgana. No podía creer que Gustavo estuviese más preocupado por su plato que por su relación. Pero él se había propuesto dar buena cuenta de aquel delicioso manjar.
Volvió la muchacha, esta vez con un recipiente de humeante sopa. Un caldo delicioso cocinado con todas las carnes y la legumbre, y donde bailaban unos fideos gordos, que fueron sirviéndose por turnos.


Postre


El resto de la comida se mantuvieron en silencio. Elena preocupada, Gustavo indiferente
—¿Tomarás postre, cielo? —le preguntó él
—Me temo que no estoy con muchas ganas de postre—respondió ella
—Pues yo no voy a renunciar a un dulce final, siempre hay que dejar hueco para el postre—dijo sonriente y alzó la mano para llamar al camarero.
Éste se acercó solicito y les mostró la carta de postres.
—No es necesario, tomaré unas natillas caseras—dijo Gustavo.
Poco a poco les fueron retirando los platos y las fuentes, dejando la mesa limpia para los postres.
—Elena—dijo Gustavo—hacía mucho tiempo que no veía a Raquel. Concretamente desde que se fue a vivir con su marido a París. Allí regentan un negocio de joyería y orfebrería. Contacté con ella por teléfono y le encargué un trabajo muy especial. 
Sacó del bolsillo un pequeño paquetito envuelto en papel de colores y rematado con un lazo dorado.
Elena abrumada, no sabía que decir mientras descubría ante ella un precioso anillo de compromiso.
—Y, ¿esto...? —balbuceó
Gustavo al estilo de las películas se arrodilló ante ella y le preguntó:
—¿Quieres casarte conmigo?
Una gran algarabía sonó a su alrededor. Los comensales de las mesas adyacentes aplaudían y jaleaban la escena.
Elena se levantó y miró emocionada a su alrededor. Las piernas le temblaban y reía y lloraba a la vez
—Si quiero...y natillas también—respondió abrazándose a su amado

                                                                             



Comentarios

  1. Cari, siéntete dichosa que tú historia me ha encantado, sencilla y bien tejida. Que te visiten de nuevo y dejen algún regalo para ti. A seguir así. Vicent

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