La aprendiz de escritora
“Plantar un árbol. Tener un
hijo. Escribir un libro”
Estos eran los tres
propósitos de vida que me había marcado desde pequeña.
No sabía que me
deparaba el porvenir, pero sabía que tarde o temprano acabaría cumpliendo mi
propio reto. Quizás ese mantra en mi cabeza provenía de aquel día en el que,
apoyada en la pared, con la silla en vilo, suspendida en las dos patas traseras
e inmersa en alguna historia de aventuras alguien me robó una fotografía. Una
fotografía de las de antaño, en blanco y negro, difusa y granulada, que hizo
mella en mí y con la que por primera vez fui consciente de mí misma.
Como Narciso, me
enamoré de mi propia imagen. Una niña de unos seis o siete años con trenzas y
zapatitos de charol que, no tenía nada de particular, excepto aquel libro entre
sus manos. No eran casitas de muñecas, ni recortables, ni muñecos pelones.
Un libro; un libro posiblemente prestado o
descubierto en algún mueblebar de aquellos oscuros y grandes que adornaban las
casas de los obreros en los años setenta.
En la de mis
padres, recién migrados de la zona más humilde y olvidada de España, aún no
había ni muebles ni libros, así que no sé muy bien cómo llegó aquel tesoro a
mis manos.
Aquello que pudo
quedarse como un anecdótico momento o así debió parecerle al osado fotógrafo
(“mira que graciosa la muchachina”) a mí me
supuso toda una revelación. Yo quería más libros a mi alcance, quería repetir
aquella imagen una y otra vez.
No estoy muy segura de si en mi mente infantil
creé mi propio personaje, mi propia heroína “Superleona” o “Bookwoman” (si
hubiera sabido inglés), con poderes especiales para viajar a través de los
libros…pero aquello se convirtió en mi pasión. Una pasión que alimentaba con lo
que tenía a mi alcance. Guardaba una parte de mi escueta asignación semanal
para comprar cómics, y cuando ya los había releído un considerable número de
veces, los cambiaba en el quiosco del barrio por otros de segunda mano, por el
desmesurado precio de una peseta.
Con el tiempo, en
mi casa apareció un mueblebar y aparte de las botellitas de licor para ofrecer
a las visitas, hubo que llenarlo con libros, fotos y figuritas de
porcelana.
Yo había cambiado a
mis heroínas libreras por personajes exóticos como Sandokán o El Capitán
Trueno. Y me quedé sin referentes femeninos más allá de Esther y su mundo.
Después llegó el instituto y sus clases de literatura; los libros empezaban a multiplicarse en una época en la que otras pasiones rondaban mi mente. Sin embargo, al caer la noche, siempre había un hueco para unos minutos de lectura.
Y así fueron
pasando los años y la vida me dio la oportunidad de leer cientos de ellos,
incluso de atesorarlos como una Diógenes de los libros.
Pude cumplir mis
otros retos de plantar árboles y tener hijos y me sentí profundamente feliz y
orgullosa. Sin embargo, aquella superheroína de mi niñez me recuerda
frecuentemente que mi reto vital aún no se ha cumplido.
Así que, de vez en
cuando juego a ser escritora. Busco historias escondidas en mi memoria o en mi
mente, personas y lugares que merecen, a mí modo de ver, ser protagonistas de
mis cuentos, de mis escritos.
Hasta que quizás algún día abandone mi síndrome del impostor y consiga el sueño de ver mi nombre escrito en la portada de un libro.
Y mi reto se habrá cumplido.
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