EL DESPERTAR
EL DESPERTAR
Como viene ocurriendo de un tiempo a esta
parte, emerge de su plácido sueño sobresaltado por el rugido del monstruo
invisible que vive en la pared. No puede verlo, pero sabe que está ahí y viene
a despertarlo cada mañana.
Se remueve perezoso en la cama nueva que Mami le ha comprado, una cama
confortable con una mantita verde de dibujitos blancos.
Su primer pensamiento se dirige hacia Mami, pero su pequeño cuerpo, le
recuerda que la noche fue larga, y una urgencia le oprime el dulce pensamiento.
Casi a oscuras, sólo alumbrado por la tenue luz que atraviesa las
rendijas de la ventana, decide ir a buscarla para que le ayude a aliviarse.
-De noche, no se puede hacer pis, Mami
se enfada- le dice una voz en su cabecita
Ella duerme en la parte de arriba de la casa, justo al otro lado de la
escalera de fuertes baldosas de barro, que se presenta imponente hasta él. Una
escalera que cada vez se le antoja más alta, más larga…
Comienza
a subir, su objetivo está lejos y su vejiga se ve aprisionada durante la subida,
a veces duda si podrá llegar arriba obediente y seco. Al fin, consigue llegar a
su meta. La blanca puerta de la habitación permanece aún entornada. Sabe que no
puede hacer mucho ruido, porque despertaría al resto de los durmientes y eso
supondría una buena reprimenda por parte de Tío Tom.
Tío Tom, es el señor que duerme en la habitación de Mami, y cuando se
enfada da mucho miedo, porque su voz suena fuerte y ronca. No, él no quiere que
se despierte Tío Tom así que, con una vocecita casi imperceptible gimotea desde
la puerta.
Mami, tira de la sábana hacia arriba hasta tapar su cara, a
continuación, vuelve a bajarla y se incorpora hasta quedar sentada en el borde
de la cama, con los pies descalzos en el suelo.
-No parece muy contenta- piensa
pesaroso
Con movimientos que a él le parecen de cámara
lenta, se levanta y avanza hacia él. Sus ojos están aún cerrados, pero su boca
dibuja una ligera sonrisa de medio lado.
Alza sus brazos hacia ella, y ella, que sabe de sus urgencias matinales,
le da un pequeño abrazo y le sugiere:
-Venga, venga, vamos…
Mami, camina traqueteante, una ligera cojera hace que baje las escaleras
con un solo pie. Él, baja a su lado, también contando escalones. El color del piso
se difumina en la semioscuridad de la mañana y teme caer.
Un escalón, dos escalones, tres
escalones…buff. ¿Hasta cuántos escalones se puede contar?...
Al fin, llegan al último escalón y desde allí salta contento hasta la
puerta de la casa. Esa puerta que nunca ha conseguido abrir, por más que lo ha
intentado. Si no fuera por Mami, viviría allí encerrado por siempre…
Un soplo de aire frío le da de lleno en la cara, le encanta esa
sensación, es cómo si de pronto sus ojos volvieran a llenarse de luz y pudiese
de nuevo, ver todas las cosas con claridad. Saluda feliz al nuevo día, y sus
ladridos se pierden en el vecindario.
En la torre de la Iglesia, el reloj da
las ocho…
Para mí amado Kun



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