El cumpleaños
El pequeño Alo se sentía acongojado,
pero no lloraba. Él nunca lloraba; en sus cinco años de vida nunca nadie le vio
llorar. Ni siquiera cuando era bebé...nunca una lágrima recorría su cara. Ya
entonces se las ingeniaba para no desperdiciar el agua, de modo que, si alguna
lágrima desobediente se escapaba de sus ojos, la recogía rápidamente con su
lengua.
Y claro,
este acto hacía que siempre estuviera lleno y nunca tuviera hambre, y menos
si como hoy, había lentejas para comer.
Mañana sería
su cumple y ya estaba advertido:
-Si no
desaparecen las lentejas del plato, no hay fiesta de cumpleaños
Su mente no
dejaba de elucubrar como se las compondría para solucionar el problema.
Pensaba
igualmente en aquel Power Ranger rojo que deseaba especialmente, y que se
estaba jugando con aquel plato de inmundas lentejas...
-Ding, dong,
ding, dong- la solución llamaba a la puerta en forma de mendigo.
Cuando mamá
acudió, aquel hombre estaba ya sentado comiendo las lentejas...
-Hay que
compartir-dijo Alo con una sonrisilla.
Los niños
llegaban en tropel con sus bolsitas de regalos a la casa, que ese día se había vestido
de globos y guirnaldas de colores. La mesa llena de chuches y bocadillos quedó vacía
rápidamente, dando paso a una marabunta de bonitos papeles que se rasgaban con
premura. Una montaña de regalos coronada por la sorpresa de mamá, por fin su
Power Ranger rojo...
Empezó a abrir
cajas dentro de cajas con aquella broma que mamá siempre le gastaba. Hasta que al fin apareció...un libro de cuentos de los Power Ranger
Su lengua
salió de nuevo a buscar aquellas pequeñas lagrimitas, que sin hacer caso
brotaban de sus ojos.


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