Día de Todos los Santos
Aquella mañana el cielo se había oscurecido con un manto de nubes grises.
El sol, hasta ayer radiante en el cielo, dejaba pasar dificultosamente, sus débiles rayos a través de ese espeso manto, impidiendo que el frío se apoderase aún más, de los transeúntes cabizbajos que, arropados en sus abrigos nuevos se dirigían con pasos lentos al Camposanto.
Hileras de personas de toda condición con sus ramos de flores moradas y amarillas. Tristes crisantemos que intentaban colorear el día, sin mucha suerte.
María odiaba ese día.
Estrenaba sus zapatos color burdeos, encima de los calcetinitos blancos con puntilla,regalo de su abuela en su cumpleaños. Y eso,era lo único que la alegraba .
Cogida de la mano de su padre, un hombre serio y circunspecto, que habitualmente tenía ojos tiernos y sonrisa amable, miraba preocupada la tristeza que ese día se posaba sobre él. Y eso que, cogida de su otra mano iba zascandileando, como siempre, su hermana pequeña, que ajena aparentemente al rictus serio de su padre, no dejaba de hablar y reír.
Las enormes puertas del Cementerio, formadas por dos verjas con filigranas de hierro negro daban paso al país del silencio.
Contempló como tantas otras veces los cipreses que señoreaban sobre las lápidas de diversos colores y alturas, y se sintió aún más pequeña entre aquellos formidables árboles. Pasada la explanada de entrada, se encontraba lo que ella creía la casa del enterrador. La miraba con recelo, no entendía como alguien podía vivir allí, y hacía esfuerzos por adivinar lo que había tras los cristales con cortinitas de colores. De allí, nacía un caminito de arena blanca que llevaba directamente a la zona de las tumbas. Franqueaban el camino dos hileras de árboles más pequeños, en los que se asentaban vendedores de flores, con sus cubos de agua llenos de pequeños ramos ya confeccionados.
Los zapatos de María, la arrastraban hacia atrás. Su paso se volvía más lento a medida que avanzaban hacia aquel lugar que veía muchas veces en sueños. Aquel trozo de tierra rectangular con tres o cuatro humildes cruces de hierro.
A su alrededor, ricas tumbas de mármol gris y blanco con ángeles, fotos y grabados, daban cuenta del estatus social de sus inquilinos. Sin embargo,la muerte de su madre, acaecida demasiado pronto, la privó de tener un trozo propio de tierra donde descansar en su sueño eterno. Eso era algo que atormentaba a María, miraba la tierra y dudaba si las palabras, que nunca salían de su boca, se perderían en otra persona. Siempre miraba a la Cruz que tenía el nombre de su madre, como si fuese el altavoz que le llevaría sus pensamientos directamente a ella.
El tiempo se le antojaba eterno y no sabía muy bien cómo emplearlo, se suponía que debía rezar, pero esas oraciones aprendidas de memoria en la escuela, no tenían ningún sentido para ella. Ella hablaba con su madre, en casa, en el patio del colegio, jugando a las casitas en el descampado de detrás de su casa...sin embargo allí, era incapaz y eso la hacía sentir culpable.
Al cabo de un rato, por fin su padre les concedió permiso para moverse por los alrededores. En silencio, como les habían enseñado, paseaban por las ricas tumbas adyacentes, mirando fotos, flores, cruces...hasta que al final ,salían a jugar a la explanada de entrada. Allí se encontraban con otros niños que al igual que ellas, sobrellevaban el día de Los Santos en los cementerios,explorando lugares poco habituales. Allí descubrían tumbas vacías, cruces tiradas en un rincón, incluso una zona donde acababan todas las flores y jarrones de años anteriores. Esa parte del cementerio le daba aspecto de normalidad al lugar.
Hasta que llegaba la hora de marcharse. Volvían a cogerse de la mano de su padre y salían del cementerio. La mañana de niebla se convertía de pronto en una tarde para pasear. Y así lo harían...
Volvía la sonrisa amable a la cara de su padre, sacaba su transistor de bolsillo y con pasos alegres se iban a pasear por los cerros de aquella ciudad que empezaba a crecer, pero aún conservaba su espíritu de pueblo, en el carácter de sus vecinos.
María, por fin aliviada de aquel ritual que se repetía cada año, sonreía a su hermana y a su padre y pensaba que después de todo, su madre no estaba en aquel trozo de tierra,sino que los acompañaba paseando en su alegría.
El sol, hasta ayer radiante en el cielo, dejaba pasar dificultosamente, sus débiles rayos a través de ese espeso manto, impidiendo que el frío se apoderase aún más, de los transeúntes cabizbajos que, arropados en sus abrigos nuevos se dirigían con pasos lentos al Camposanto.
Hileras de personas de toda condición con sus ramos de flores moradas y amarillas. Tristes crisantemos que intentaban colorear el día, sin mucha suerte.
María odiaba ese día.
Estrenaba sus zapatos color burdeos, encima de los calcetinitos blancos con puntilla,regalo de su abuela en su cumpleaños. Y eso,era lo único que la alegraba .
Cogida de la mano de su padre, un hombre serio y circunspecto, que habitualmente tenía ojos tiernos y sonrisa amable, miraba preocupada la tristeza que ese día se posaba sobre él. Y eso que, cogida de su otra mano iba zascandileando, como siempre, su hermana pequeña, que ajena aparentemente al rictus serio de su padre, no dejaba de hablar y reír.
Las enormes puertas del Cementerio, formadas por dos verjas con filigranas de hierro negro daban paso al país del silencio.
Contempló como tantas otras veces los cipreses que señoreaban sobre las lápidas de diversos colores y alturas, y se sintió aún más pequeña entre aquellos formidables árboles. Pasada la explanada de entrada, se encontraba lo que ella creía la casa del enterrador. La miraba con recelo, no entendía como alguien podía vivir allí, y hacía esfuerzos por adivinar lo que había tras los cristales con cortinitas de colores. De allí, nacía un caminito de arena blanca que llevaba directamente a la zona de las tumbas. Franqueaban el camino dos hileras de árboles más pequeños, en los que se asentaban vendedores de flores, con sus cubos de agua llenos de pequeños ramos ya confeccionados.
Los zapatos de María, la arrastraban hacia atrás. Su paso se volvía más lento a medida que avanzaban hacia aquel lugar que veía muchas veces en sueños. Aquel trozo de tierra rectangular con tres o cuatro humildes cruces de hierro.
A su alrededor, ricas tumbas de mármol gris y blanco con ángeles, fotos y grabados, daban cuenta del estatus social de sus inquilinos. Sin embargo,la muerte de su madre, acaecida demasiado pronto, la privó de tener un trozo propio de tierra donde descansar en su sueño eterno. Eso era algo que atormentaba a María, miraba la tierra y dudaba si las palabras, que nunca salían de su boca, se perderían en otra persona. Siempre miraba a la Cruz que tenía el nombre de su madre, como si fuese el altavoz que le llevaría sus pensamientos directamente a ella.
El tiempo se le antojaba eterno y no sabía muy bien cómo emplearlo, se suponía que debía rezar, pero esas oraciones aprendidas de memoria en la escuela, no tenían ningún sentido para ella. Ella hablaba con su madre, en casa, en el patio del colegio, jugando a las casitas en el descampado de detrás de su casa...sin embargo allí, era incapaz y eso la hacía sentir culpable.
Al cabo de un rato, por fin su padre les concedió permiso para moverse por los alrededores. En silencio, como les habían enseñado, paseaban por las ricas tumbas adyacentes, mirando fotos, flores, cruces...hasta que al final ,salían a jugar a la explanada de entrada. Allí se encontraban con otros niños que al igual que ellas, sobrellevaban el día de Los Santos en los cementerios,explorando lugares poco habituales. Allí descubrían tumbas vacías, cruces tiradas en un rincón, incluso una zona donde acababan todas las flores y jarrones de años anteriores. Esa parte del cementerio le daba aspecto de normalidad al lugar.
Hasta que llegaba la hora de marcharse. Volvían a cogerse de la mano de su padre y salían del cementerio. La mañana de niebla se convertía de pronto en una tarde para pasear. Y así lo harían...
Volvía la sonrisa amable a la cara de su padre, sacaba su transistor de bolsillo y con pasos alegres se iban a pasear por los cerros de aquella ciudad que empezaba a crecer, pero aún conservaba su espíritu de pueblo, en el carácter de sus vecinos.
María, por fin aliviada de aquel ritual que se repetía cada año, sonreía a su hermana y a su padre y pensaba que después de todo, su madre no estaba en aquel trozo de tierra,sino que los acompañaba paseando en su alegría.



Muy bonito. Me he sentido allí, con esa niña triste y sabia. xx
ResponderEliminarGracias querida Karuna, me alegra que te haya llegado.
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