Un paseo por La Rambla II
Desde lo alto del puente de las vías empieza a caer la tarde y mi cuenta pasos dice que ya he llegado al reto marcado. Sin embargo, hoy me siento especialmente motivada y pienso en seguir hasta la zona del Paseo del Colesterol, nombre con que los vecinos del lugar han bautizado a una gran explanada dispuesta para practicar deporte, y que los viernes por la mañana sirve de asentamiento para el mercadillo ambulante.
Pequeños grupúsculos de mayas ajustadas y chandals de colores pululan de un lado a otro de las pistas.
Andando a veces, corriendo otras, un montón de improvisados deportistas nos cruzamos sin mediar palabra. Es esto algo a lo que no me acostumbro.
En mi pequeño pueblo extremeño vayas por donde vayas siempre hay un "ey", "ala", "vamos", "venga", que es la forma habitual de saludar.
En realidad es una manera de decir "tengo prisa o no te conozco lo suficiente como pararme a hablar contigo, pero te deseo un buen día".
Algo que podría ser perfectamente exportable...
Pero es lo que tiene vivir en una ciudad, los habitantes llevan sus vidas en la intimidad de sus hogares, y existe poco contacto con los vecinos.
Esto no fue así siempre.
Mi barrio se construyó en los años setenta sobre los cimientos de una antigua fábrica de gafas.
Los pisos de gafas los llamaban, para pasar después a llamarse El barrio de los ríos.
La mayoría de los vecinos eran jóvenes parejas que habían llegado de diferentes lugares de España para buscar su porvenir en una ciudad de extrarradio, que gracias a su polígono industrial crecía muy deprisa.
No tenían muchos servicios, pero sí las costumbres menos cosmopolitas.
Los vecinos se encontraban en las escaleras y se paraban a charlar. Las juntas de vecinos eran un acontecimiento al que nadie faltaba y los servicios comunales los realizaban los propietarios.
Así, cada semana tocaba a una vecina la limpieza del descansillo o del portal. Igualmente los vecinos se sorteaban el cuidado de las zonas verdes.
En este barrio obrero a medio construir, fuí pasando mi niñez y mi adolescencia.
Vuelvo a casa, y tras dejar atrás la maravillosa Mujer de Coslada paso por el parque del Lago, donde juegan los niños y los ancianos se sientan a charlar en los bancos de madera.
El agua, la vegetación y los patos son motivo para hacer otra parada.
La vida bulle alrededor de los palmípedos que pueblan el parque, acostumbrados a los transeúntes que inevitablemente se paran una y otra vez a observarlos.
Con suerte, algún pequeño derramará su bolsa de snack y correrán a buscarlos en una bulliciosa algarabía.
Llego por fín a casa después de este paseo que recorreré una y otra vez sabiendo que, cada vez será diferente y volveré a llenarme de imágenes y recuerdos escondidos en mi memoria.
Pequeños grupúsculos de mayas ajustadas y chandals de colores pululan de un lado a otro de las pistas.
Andando a veces, corriendo otras, un montón de improvisados deportistas nos cruzamos sin mediar palabra. Es esto algo a lo que no me acostumbro.
En mi pequeño pueblo extremeño vayas por donde vayas siempre hay un "ey", "ala", "vamos", "venga", que es la forma habitual de saludar.
En realidad es una manera de decir "tengo prisa o no te conozco lo suficiente como pararme a hablar contigo, pero te deseo un buen día".
Algo que podría ser perfectamente exportable...
Pero es lo que tiene vivir en una ciudad, los habitantes llevan sus vidas en la intimidad de sus hogares, y existe poco contacto con los vecinos.
Esto no fue así siempre.
Mi barrio se construyó en los años setenta sobre los cimientos de una antigua fábrica de gafas.
Los pisos de gafas los llamaban, para pasar después a llamarse El barrio de los ríos.
La mayoría de los vecinos eran jóvenes parejas que habían llegado de diferentes lugares de España para buscar su porvenir en una ciudad de extrarradio, que gracias a su polígono industrial crecía muy deprisa.
No tenían muchos servicios, pero sí las costumbres menos cosmopolitas.
Los vecinos se encontraban en las escaleras y se paraban a charlar. Las juntas de vecinos eran un acontecimiento al que nadie faltaba y los servicios comunales los realizaban los propietarios.
Así, cada semana tocaba a una vecina la limpieza del descansillo o del portal. Igualmente los vecinos se sorteaban el cuidado de las zonas verdes.
En este barrio obrero a medio construir, fuí pasando mi niñez y mi adolescencia.
Vuelvo a casa, y tras dejar atrás la maravillosa Mujer de Coslada paso por el parque del Lago, donde juegan los niños y los ancianos se sientan a charlar en los bancos de madera.
El agua, la vegetación y los patos son motivo para hacer otra parada.
La vida bulle alrededor de los palmípedos que pueblan el parque, acostumbrados a los transeúntes que inevitablemente se paran una y otra vez a observarlos.
Con suerte, algún pequeño derramará su bolsa de snack y correrán a buscarlos en una bulliciosa algarabía.
Llego por fín a casa después de este paseo que recorreré una y otra vez sabiendo que, cada vez será diferente y volveré a llenarme de imágenes y recuerdos escondidos en mi memoria.



En el próximo paseo debes contar los juegos de "detrás"...
ResponderEliminar