Columpios y pesetas
Como cada domingo, después de ponerme mi vestido de días de fiesta y mis zapatos de charol, papá me dio un duro. Estaba claro cuál sería el reparto de aquella pequeña fortuna.
Dos pesetas para el cestillo de la Iglesia, otra para encender una vela a la Virgen y las otras dos para una patata con berenjena en los frutos secos San Casiano.
Iba sin desayunar, como mandaban la Santa Madre Iglesia y Don Jesús el cura, para poder tomar la ostia consagrada, así que la visita al referido comercio era obligatoria.
Aquel sitio era punto de encuentro entre amigos después de la misa de once.
Nada me hubiera entretenido al salir de la iglesia para ir en busca de tan preciado manjar.
Quizás solo el encontrarme el local a rebosar y querer aprovechar la mañana en los columpios de la plaza.
Aquel fue mi primer error, el segundo no llevar bolsillos, el tercero guardar mis dos pesetas en la boca para poder columpiarme.
Cuando me quise dar cuenta, ya me las había tragado...y sin comer mis berenjenas.
Volví a casa frustrada y no fue hasta la tarde cuando unos terribles dolores de tripa, me obligaron a confesar mi crimen.
Aquella noche y dos más las pasé en el hospital a base de mejunjes que me ayudaran a expulsar las malditas monedas.
Aún hoy, verdes y cochambrosas siguen en un cofrecito como botín de guerra.



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