Un paseo por La Rambla

Como cada tarde a esta hora aproximadamente, me dispongo a salir de casa para caminar.Ya me he colocado mi ropa deportiva y las zapatillas azules de suela blanda que me permitirán aguantar  una hora o quizás menos, sin tener que tomar asiento por mi rodilla dañada.
Es mi gran handicap, esa rodilla que me lastimé  hace ya muchos años, cuando aún era una niña que empezaba a salir al mundo. 
Aquella tarde, esperaba el momento oportuno para reunirme con mi último "amor verdadero". Tenía 15 años y mucha prisa por encontrar a mi alma gemela, alguien que llenara aquel vacío que yo sentía dentro de mi. Años después comprendí que aquella carencia afectiva tenía origen en la muerte prematura de mi madre.
A pesar de haber sido siempre el ojito derecho de mi padre, nueve años es una edad demasiado temprana para quedarse huérfana de madre. Pero, de esto ya hablaré en otra ocasión. 
Se llamaba Hugo, acabábamos de conocernos y parecía simpático y divertido.
Al lado de casa, solía haber una atracción muy famosa en los años ochenta, los coches eléctricos o de choque, como los llamábamos.
Allí quedábamos los amigos para dar un par de vueltas llenas de adrenalina, cuando conseguíamos alguna moneda para comprar las fichas. 
Si eras chica tenías la posibilidad de que el operario de turno, un joven poco mayor que nosotros te invitara a dar alguna vuelta gratis.
Se subía al neumático del coche, y se agarraba a la barra que conectaba el enrejado eléctrico con el bólido y desde allí se convertía en un caballero andante en su caballo alado, y nosotras en las princesas a las que, por un momento rescataba del dragón de la mediocridad que suponían el resto de muchachos de nuestra edad, por más pantalones de campana que se pusieran, por más que dejaran su pelo largo al estilo ochentero, por más que llevaran puestas sus chupas de piel(plástico) negras o el paquete de tabaco en la hombrera de la camiseta.
Pues aquella tarde, yo esperaba como siempre en el anden de los coches eléctricos, cuando llegó Jota con su moto Ducati de 75 cc.
—Hola, qué haces aquí?—me preguntó
—Hola—respondí—he venido a ver quien anda por aquí, porque hemos quedado en la calle La Presa.
—Sube que te llevo
Y ni corta ni perezosa, como tantas otras veces subí a aquella moto de paquete, al modo de entonces, o sea sin casco ni protección de ningún tipo. Y quiso la casualidad que se cruzase en nuestro camino, alguien que llegaba tarde a algún sitio...y nos llevó por delante.
El resultado fue traumático para los dos. Jota salió peor parado en el momento, aunque en pocos meses volvió a su Ducati. Volvió a tener más percances, pero ninguno de ellos le asustó. Había un caballo más feroz que le perseguía y fue el que, años después acabó con él.
Yo por mi parte, quedé como decía la canción "cojita de este pié".
Si alguien a los 15 años pudiera saber lo que supondría en su vida ciertos comportamientos, seguro que se lo pensaría dos veces, sin embargo vamos aprendiendo de los errores que cometemos y está bien que sea así , aunque sea doloroso.
Pues, como decía al principio, me dispongo a salir para cumplir el objetivo marcado de diez mil pasos al día, no se de quien , ni de donde sale el número, pero parece que si quieres mantenerte sano debes caminar al menos esos pasos diarios.
Con las nuevas apps móviles no es difícil calcularlos, pero tampoco es fácil hacerlos, cuando tienes la pequeña cojera que me acompaña desde hace tiempo. Aún así, no desisto. Por lo menos, no todos los días.
Una vez en camino, es agradable el paseo a través del paseo de la Rambla Central, donde no faltan paseantes a un lado y a otro, a pesar del frío o la lluvia. En esta época del año, el ambiente está especialmente bucólico, con todo el paseo teñido de amarillos, ocres y marrones que dejan las hojas que caen de la multitud de árboles que pueblan la avenida.
El aire, a pesar del abundante tráfico, es limpio. Este ayuntamiento parece que decidió en su momento que esta ciudad necesitaba un pulmón central, y se afanó en ello.
Como en casi todos los momentos de mi vida, la música me acompaña, no podría vivir sin ella. Incluso cuando mis paseos eran por el campo, cambiaba el sonido de la Naturaleza por la melodía de una canción.
Cuando era una niña de pocos años me gustaba hacer radiocasetes o tocadiscos con los materiales que tenía a mi alcance: cajas de zapatos, botones, lápices, pasadores del pelo y cualquier cosa que le diera a mi creación aspecto de aparato musical.
Luego me perdía sola por el campo actuando para un público enfervorecido con mi actuación. Mis temas favoritos eran las canciones de Mari Sol y las rancheras de Rocio Dúrcal, aunque algunas veces me acompañaban en mis actuaciones Lorenzo Santamaría y Raphael.
Después entré de golpe en la adolescencia un día de septiembre del 78, cuando en la pantalla del televisor apareció bailando una bella pareja, ella con rizos rubios y él con el pelo engominado.
Estrenaban Grease y a partir de ese momento las canciones ya no eran fáciles de pronunciar, pero el significado estaba dentro de mí y así se lo transmitía a mi fiel público.
Aún hoy, a veces les deleito con una actuación improvisada ante el espejo.
Sigo caminando por la avenida, enfrascada en mi música y mis pensamientos, y casi sin darme cuenta he llegado al puente de las vías del tren.
Una ligera pendiente me obliga a hacer un pequeño esfuerzo más, ahora me alegro de llevar puesta mi rodillera que protege mi maltrecha rodilla . Al fin llego a la cima y me siento en uno de los extremos del puente a observar el tren que se acerca y que pasa por debajo de mis pies para seguir rumbo  a su destino.
Algo de hipnótico tienen los trenes cuando pasan, que es imposible no mirarlos.
La tarde que va cayendo deja en el cielo un paisaje de nubes rosadas, azules y blancas. A través de la radio se escucha una de esas canciones ochenteras que me levantan el ánimo y pienso que estos paseos no solo favorecen el cuerpo, también alimentan el alma.
Solo una pequeña carencia siento a mi lado, la fiel compañía de mi compañero de paseos, que seguro me observa desde el cielo de los perros: Kun.


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